La vida: Un camino de ida y vuelta

 

Así como, a partir de los años 60, una nueva generación de astrólogos transformó la astrología adivinatoria y fatalista en un instrumento de autoconocimiento, algo parecido está sucediendo con el Tarot. Cada vez son más los tarotistas que se dan cuenta que hacer previsiones más que ayudar, dificulta el crecimiento personal del individuo. Este crecimiento tiene un punto de arranque: Responsabilizarse por la vida que uno tiene. Y qué responsabilidad (y por lo tanto libertad) puede tener un individuo cuya vida futura puede ser predicha, es decir, que no depende de sus iniciativas sino de ajenas y misteriosas fuerzas. Cuando hacemos futurología estamos impidiendo que el individuo se responsabilice por su vida, le estamos dificultando su crecimiento. Estamos haciendo un trabajo anti-terapéutico. La visión adivinatoria y la terapéutica son, pues, excluyentes.

En este proceso evolutivo del Tarot, como no podría dejar de ser,  surgen todo tipo de propuestas. Desde las que continúan siendo adivinatorias con un barniz terapéutico echando mano de otros elementos como esencias florales, limpiezas energéticas, afirmaciones positivas, oraciones, etc.  hasta las que son realmente de cuño terapéutico partiendo de la base que todo cambio tiene que suceder primero dentro para que se dé fuera.

Para trabajar con Tarot Terapéutico es muy conveniente entender que la vida es como una carretera de ida y vuelta, donde van y vienen situaciones.

La ida: Vamos o intentamos ir “palante” a partir de nuestras decisiones - o indecisiones en cuyo caso estamos casi garantizando que vamos a ir para atrás como cangrejos. ¿Y de que manga nos sacamos las decisiones? Pues de nuestras creencias. Las creencias en 1º lugar son subjetivas, cada uno cuenta su vida como le fue. Algunas fueron colocadas por los padres de una manera más o menos explícita: ¡Tú no sirves para nada! ¡Tú no mereces cariño! ¡El trabajo no es una diversión! Siempre son producto de las primeras experiencias. Si nuestras iniciativas (de orden emocional, instintivo o mental) eran aprobadas y festejadas en la casa paterna el niño transpone esas cuatro paredes para el mundo y cree que el mundo está esperando que se exprese para aplaudirlo. Si las iniciativas eran reprimidas  el niño va construyendo la creencia de que ser espontaneo es sufrir y verá el mundo como un entorno hostil. Aunque ambas creencias son objetivamente falsas la primera ayudará al niño a expresar y desarrollar sus talentos facilitando, como efecto colateral,  el éxito profesional mientras que la segunda lo deja inhibido y en todo caso lo predispone a fingir.

No por ser subjetivas las creencias son menos poderosas pues, a diferencia de una ecuación matemática, están nutridas por la emoción dominante en el momento en que esa creencia fue incorporada a la mente. El miedo a sufrir sostiene la creencia: Si soy espontaneo me van a rechazar.

Claro que no vamos a discutir creencias con nuestros consultantes, discutir creencias es generalmente tan subjetivo como discutir futbol o religión.

Sin embargo son las creencias las que dan forma a los patrones de conducta, patrones que aprendimos a actuar desde nuestra infancia para tener un mínimo de amor o por lo menos de aprobación o por lo menos de que nos hicieran caso, pues generalmente el niño prefiere que su mamá le haga caso con la chancleta en la mano a que simplemente lo ignore. Estos patrones cristalizaron de tal modo en la personalidad que hoy  los actuamos de una manera automática e inconsciente aunque las situaciones sean diferentes. Al bloquear la expresión de nuestra espontaneidad, la vida pierde la gracia, pues lo que le da gracia a la vida es hacer lo que viene de dentro.

Estos patrones sí pueden ser identificados y discutidos pues nuestro consultante puede comprobar en su historial de vida como ellos lo llevan a sufrir y bloquean el proceso de su realización integral.

Hacer lo que viene de dentro significa reconectarse con el Ser Esencial que desde nuestro centro lucha para, atravesando capas de emociones e impulsos instintivos reprimidos, tensiones corporales crónicas, creencias, dudas e otros ruidos mentales, pasar a la acción. Si el mundo está como está es debido fundamentalmente a la perdida de esta conexión de una buena parte de la humanidad.

La vuelta: Lo que nos llega. Siempre nos han contado que lo que nos llega nos lo mandan.  Es la voluntad de Dios, dicen cristianos y musulmanes. Dios hace sufrir a quien ama, dice el Talmud judío. Es tu karma, los hindús. Es la respuesta del Universo a tu pensamiento dominante y tú nada tienes que hacer sino alinearte con ese pensamiento/deseo nos dicen los autores “El Secreto”. Así, de una manera u otra el agente actuante  está fuera y no dentro. Continuamos escapando de la responsabilidad sobre nuestra propia vida.

Responsabilizarnos es entender que lo que nos llega nosotros lo atraemos, no nos lo manda nadie. Y atraemos exactamente lo que necesitamos para crecer. Atraemos las circunstancias que nos pueden llevar a entender algo de nosotros mismos de lo cual no teníamos conciencia.

La fuerza mayor que existe por detrás de todos los seres vivos es la que hace que la semilla se transforme en un árbol lleno de frutos. La que hace que el ser llegue de su estado potencial al estado de completitud. En los seres humanos es la fuerza que actuando desde nuestro inconsciente  lleva al niño,  desarrollando totalmente sus talentos, a ser un adulto completo, fructífero y feliz.  Ojo, esto no quiere decir que lo que atraemos sea agradable, muchas veces es un dedo que toca la llaga. Y eso duele pero nos obliga a tomar consciencia de una herida y nos da la posibilidad de curarnos. Claro que muchas veces mordemos el dedo sin percibir que el problema no es el dedo sino la llaga. Sufrimos si lo que atraemos no se corresponde con las expectativas mentales y celebramos si se corresponde, sin darnos cuenta que mientras no curemos la llaga atraeremos dedos y más dedos...

O en palabras de Jung: “El destino es el retorno de la inconsciencia”. Si hay consciencia hay libre albedrío hay inconsciencia hay destino. Si no me doy cuenta de algo, si en determinadas cuestiones actúo de una manera inconsciente siguiendo patrones que no funcionan atraeré bofetadas para percibir que debo desactivar esos patrones. Si no me doy cuenta que existen agujeros en el camino me caeré en ellos para acabar viéndolos. Si el miedo frena mi realización atraeré situaciones que considero peligrosas que me dejan cada vez más paralizado y me obligan a trabajar ese miedo, entendiendo sus orígenes y desactivándolo.  Mientras no me dé cuenta y no resuelva lo que me impide crecer estaré atrayendo sistemáticamente las mismas situaciones y a eso lo llamaré destino. En el momento en que me doy cuenta, resuelvo la cuestión y cambio interiormente, ya no necesito atraer lo que atraía, atraeré otras cosas y digo: mi vida cambió.

Si queremos usar el Tarot como un instrumento terapéutico que ayude a las personas a conocerse y transformarse tenemos que desarrollar lecturas articuladas alrededor de estos tres ejes:

1º Identificar los patrones de conducta repetitivos, automáticos e inconscientes que como anclas en aguas sombrías impiden que nuestro barco zarpe.

  Ayudar a nuestros consultantes a escuchar esa voz interior donde no hay dudas y por lo tanto necesidad de elegir. Esa voz que desde el inconsciente llega al consciente con energía, entusiasmo y alegría.

3º Ayudar a nuestro consultante a entender que la mayoría de las  situaciones o acontecimientos desagradables, de sus conflictos y cuestionamientos son exactamente los trampolines de su propia evolución. 

Como en todo, el primer paso es la conciencia y el segundo es la acción. Una vez que nuestro consultante ha tomado conciencia de los tres puntos anteriores llega el momento de la acción: un método de trabajo. Sugerir o aconsejar es una cuestión delicada que puede echar a pique nuestro enfoque terapéutico. En la medida que el consultante recibe este consejo como una orden externa puede de nuevo dejar de responsabilizarse por su vida e infantilizado salir diciendo: - Voy a hacer o dejar de hacer esto porque el tarotista lo mandó.  Así también el tarotista acaba echándose a sus espaldas la responsabilidad que su cliente tiene sobre su propia vida.       

Otra cosa sería, a través de la comprensión profunda de las tres primeras cuestiones, llegar junto con el consultante a ver la necesidad de hacer o dejar de hacer esto o aquello, de modo que llevar adelante ese método de trabajo sea una decisión plena, consciente y responsable del consultante.

Muchas veces llegan a nuestro consultorio personas buscando una solución o respuesta para una cierta duda. ¿Continúo en la empresa o acepto una propuesta de la competencia? ¿Me separo o espero que mi marido cambie?  ¿Me caso o me compro una moto? No considero terapéutico dar una respuesta que es lo que algunos tarotistas consejeros hacen.

Cuando estamos en duda estamos en la mente, estamos identificados con la mente y la naturaleza de la mente es polar, como las espadas que la representan en el Tarot tiene dos filos. Si le echamos más leña a la hoguera no saldremos de la duda sino que tendremos más argumentos en pro y en contra, la mente no puede proporcionarnos una solución. Solo dejando la mente receptiva y sosegada la persona puede tener acceso a la voz de su esencia, sacándole de la duda.

Lo terapéutico seria ayudar a la persona a tomar conciencia de lo que desde su esencia realmente desea, de modo que pueda observar la duda desde una perspectiva más profunda y amplia, desde una perspectiva donde la duda puede desaparecer o puede ser reformulada desde un enfoque no mental. En segundo lugar identificar las anclas o patrones que frenan su realización integral y ese impulso interno en particular y elaborar con ella un método de trabajo que le permita concretar lo que  su voz interior le pide. Claro que a veces podemos atraer consultantes tan desconectados de su centro que aunque identifican los patrones cristalizados no les resulta familiar lo que leemos en la posición de la Voz de la Esencia. En este caso el método de trabajo puede incluir también ejercicios corporales, meditaciones, juegos  y otras actividades que ayuden a sosegar la mente y así tener un verdadero acceso a la voz interior.

 

El autoconocimiento puede no estar relacionado con el hecho de saber si soy tal signo, tal número o sello maya, si este año me rige tal planeta, carta o número, si en la vida pasada fui marinero o fraile, o si tengo antepasados aztecas o africanos. Toda esa información puede muy bien ser capitalizada por el ego – ese yo defensivo que me disocia de los demás – y como el SLU (Servicio de Limpieza Urbano) transforma todo lo que toca en basura. 

El verdadero autoconocimiento significa comprender que el problema no es la circunstancia sino como esa circunstancia me afecta. Responsabilizarse y abrir la posibilidad de curarse significa preguntarse: ¿Por qué esto me duele? ¿Por qué esto me irrita? ¿Por qué esto me humilla? ¿Por qué esto produce una oscilación en mi voltaje emocional?

En definitiva una lectura terapéutica es donde el consultante recibe la información para ir cortando sus ataduras y libertándose inclusive del propio tarotista pues recibió las herramientas necesarias y suficientes como para continuar trabajando en sí mismo sin necesidad de volver al consultorio en un gran plazo de tiempo.    

 

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